Rampa al cielo
Escrito que nos envía nuestro compañero José V. García:
El alcalde inauguró triunfante la rampa. Los concejales aplaudían, alentados por los
cientos de vecinos agolpados en la plaza. El pueblo ya era inclusivo, libre de barreras.
Las cámaras lo inmortalizaron, un grupo bailó danzas populares y un cantautor
glorificó la diversidad.
Desde mi silla, yo sonreía el espectáculo. Subí invitado: la pendiente parecía el
Tourmalet. Tras de mí, el chico ciego se estampó contra la planta ornamental del final
y una anciana con andador se volvió gruñendo entre dientes.
El alcalde gritó: —¡Somos un ejemplo de superación!
A la semana, la rampa la ocupaban ciclistas y un borracho dormido. Yo la evité, hasta
que un día llovió y el ascensor, como siempre, se rompió. Derrapé dos veces, el suelo
era una pista de patinaje. Empapado y con las rodillas desolladas, me reí: —Si no te
discapacita la vida, te discapacita el urbanismo.
Meses después ganó un premio de diseño inclusivo. Más prensa, bailes y el pueblo
vitoreando a un alcalde que ya veía la urna repleta de votos. Subí caminando agarrado
a mis muletas. La gente se quedó muda.
—La rampa es tan buena —dije—, que hasta me curó.
Estallaron aplausos. Nadie pareció notar que la rampa seguía siendo una mierda.
José V. García

