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Polio en el olvido

La realidad es que hubo una enfermedad que se extendió por España como una mancha de aceite sobre un mantel blanco. Y la vacuna que podía frenarla tardó ocho años en traducirse en una campaña masiva de vacunación en nuestro país, lastrada por decisiones políticas, disputas administrativas y una respuesta tardía de la dictadura franquista. No importó que miles de españoles —sí, españoles de nacimiento y de sangre—, casi todos bebés y niños de corta edad, se contagiaran del poliovirus, que en muchos casos debilitó sus músculos y dejó sus piernas convertidas en frágiles ramitas de sarmiento. Muchos murieron. A la mayoría de quienes sobrevivieron, la enfermedad les arrebató la infancia que les correspondía y les impuso una vida marcada por la discapacidad. Algunos, además, tuvieron que soportar una marginación que nunca eligieron.

Miles de niños pagaron con sus cuerpos las consecuencias de aquella negligencia política. Y ahora, décadas después, quienes sobrevivimos a la polio seguimos pagando otra factura: la del olvido. A las secuelas de la enfermedad se suman, en algunos casos, las del síndrome pospolio, que vuelve a quebrar vidas marcadas desde la infancia.

Para buena parte de la sociedad, incluso entre profesionales sanitarios, la polio es una enfermedad de los libros de historia, una amenaza que desapareció y de la que apenas merece la pena hablar. Para nosotros nunca ha sido así. Seguimos aquí, con nuestros cuerpos, nuestras secuelas y las consecuencias de una enfermedad que no terminó cuando dejó de considerarse una amenaza en nuestro país. Todavía no somos una huella del pasado.

Y luchamos para no serlo nunca.

Hay una frase que resume dolorosamente nuestra situación: «Fuimos víctimas de la negligencia del franquismo; hoy somos los grandes olvidados de la democracia». Por desgracia, resulta más cierta que nunca. Después de todo lo ocurrido, resulta doloroso que esta sociedad nos haya relegado a la invisibilidad. Las administraciones públicas siguen sin dar una respuesta adecuada a un daño que nos fue causado y que nunca ha sido debidamente reparado. Llevamos años reclamando medidas necesarias, hoy aún más urgentes por las consecuencias del síndrome pospolio: protocolos específicos para nuestra condición, revisiones justas y ágiles del grado de discapacidad, reconocimiento de nuestros derechos en materia de pensiones y jubilación o ayudas técnicas para afrontar las dificultades de movilidad y el dolor crónico que nos asolan.

La Ley de Memoria Democrática incorporó una disposición adicional undécima, titulada Reconocimiento a las personas afectadas por el poliovirus durante la dictadura franquista. En ella se reconoce nuestro sufrimiento y se prevé investigar lo sucedido, así como promover medidas sanitarias y sociales que mejoren la calidad de vida de quienes sufrimos la polio y sus efectos tardíos.

Ese reconocimiento institucional del daño sufrido durante el franquismo fue un avance simbólico importante, y agradecemos su valor histórico. Pero poco ha cambiado desde que la ley apeló a la memoria. No podemos vivir solo del pasado. Hace falta voluntad y compromiso político. Las administraciones siguen sin dar respuesta suficiente a los problemas que les exponemos una y otra vez, en documentos y reuniones.

Porque el pasado hay que enhebrarlo al presente y también al futuro.

Nuestras vidas darían para grandes guiones: historias de infancias rotas, de lucha y superación, pero también de injusticias que siguen sin repararse. Historias que merecerían un espacio en esos programas de televisión dedicados a recuperar la memoria o a mostrar experiencias humanas que nos interpelan. Y, por supuesto, darían para una gran película, si alguien tuviera la valentía de producirla.

Cada 24 de octubre se conmemora el Día Mundial contra la Polio. Desde las asociaciones de afectados aprovechamos esa fecha para recordar las secuelas de la enfermedad y el síndrome pospolio. Como todos los años, intentaremos que periódicos y medios digitales se hagan eco de nuestra situación y nuestras reivindicaciones. Pero cuesta un mundo conseguir que alguien se pare a escucharnos. Lo hemos comprobado demasiadas veces.

Quienes nos dan espacio suelen ser medios locales o de alcance minoritario. Rara vez sucede en las grandes cadenas. Y, cuando ocurre, suele ser en forma de noticia de relleno o porque alguien ha montado una bulla en el Congreso de los Diputados.

Incluso cuando escribimos a programas de televisión y a comunicadores que no parecen tener miedo a abordar asuntos espinosos y comprometidos, el resultado suele ser el mismo: el vacío.

Por eso, lanzo un llamamiento a los comunicadores, a las productoras y a los directores de cine que tengan la sensibilidad y la valentía necesarias para afrontar este reto. Necesitamos que alguien nos escuche, que nuestras historias lleguen a la gente y que la memoria se traduzca en justicia.

Este artículo es un grito de indignación, pero también una negativa a resignarnos. Nos consideran parte de una historia que ya ha terminado, como si estuviéramos amortizados. Como si bastara con esperar a que desaparezca la última persona que sufrió la polio para cerrar definitivamente el capítulo.

Pero seguimos aquí.

Es imprescindible mantener viva esta historia a través de artículos, libros, documentales, comics o películas; por cualquier medio capaz de llegar a la gente. No queremos que nuestra experiencia desaparezca con nosotros. Y mientras quede alguien que pueda contar lo que ocurrió, nadie debería tener derecho a convertirnos en una nota a pie de página de la historia.

José V. García

24 de octubre de 2026

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