Mi vida con polio

día de celebración

Fuí una hija muy deseada. Mi madre tuvo tres abortos antes de que pudiera llevar el embarazo de mí a cabo. Por lo que cuando nací, la felicidad de mis padres fue enorme.

Pero a los trece meses me contagié del virus de la polio. Apenas hacia un mes que caminaba sin apoyarme en nada y sin que mis padres me dieran la mano.

Mi madre se dio cuenta cuando, al levantarme por la mañana, no me mantenía en pie.

Como todos los padres estaban en alerta por la epidemia de polio, inmediatamente llamó por teléfono al dueño de la finca donde vivíamos, que era el director del hospital San Jurjo de Valencia. Y este le dijo a mi madre que cogiera un taxi y que me llevara al hospital Clínico de Valencia lo más rápido posible.

Mi madre me contó que, en el trayecto de Oliva a Valencia, empecé a ponerme rígida y desfigurarse mi cara. Solo podía abrir un ojo y la boca se me torció por completo. Es decir, me dió muy fuerte.

No sé el tiempo que pasamos en el hospital. Pero me contó mi madre que fue una tragedia continúa. Todos lo días moría alguna criaturita. Y los gritos desgarradores de las madres cuando eso ocurría, eran terribles. 

«hazme ya la foto que quiero ir a jugar»

Cuando ya me dieron el alta, mi madre tuvo que alquilar una habitación en Valencia. Tenía que ir todos los días al hospital para que me hicieran rehabilitación.

Con el tiempo, mis padres encontraron a un médico rehabilitador en Gandía. Así que pudimos venirnos a Oliva y estar la familia junta.

Era mucho dinero para la economía de la familia. Mi padre trabajaba en el campo. Y los inviernos no eran como ahora. Entonces se pasaba el invierno lloviendo. Y cuando mi padre no iba a trabajar por la climatología, no cobraba. Gracias a que vivamos con mis abuelos maternos y por lo menos la comida nunca nos faltó. Ese médico, D. Marcial Espí, me estuvo tratando hasta los siete años.

Cuando llegue a los seis años, este médico le dijo a mi madre, que él ya no podía hacer nada más por mi. Sin embargo, terminaban de inaugurar un hospital en Valencia, donde estaban los mejores médicos. Y que, si algo más se podía hacer, pensaba que era en ese hospital.

Como es lógico, cualquier padre quiere lo mejor para su hijo. Así que mis padres iniciaron el proceso para mi ingreso en el Hospital LA FE. 

Así que con siete años ingresé por primera vez en dicho hospital, en el pabellón de rehabilitación.

Yo jamás me había separado de mis padres. Y aquel hospital, en aquel entonces, se asemejaba más a una disciplina militar que a un hospital.

¡Qué bien estar sin hierros en la pierna!

No dejaban quedar a ningún familiar, por muy pequeños que fuéramos. Yo le pedía encarecidamente a mi madre que no me dejara allí sola. No habían palabras que me convencieran de que ella no podía quedarse. Me volvía loca llorando. 

Finalmente, mi madre decidió esconderse y no dejarme. Por la mañana, que era cuando pasaban consulta los médicos, ella se marchaba a dar vueltas alrededor del hospital. Y cuando imaginaba que ya no estaban los médicos por la sala, volvía.

Dejamos a mi hermano con dos años de edad al cuidado de mi abuela materna, hasta que llegaba mi padre de trabajar. Entonces se aseaba para ir a cobrar el jornal del día al bar. Y siempre se llevaba a mi hermano con él.

En aquel entonces, pasábamos meses y meses ingresados sin hacernos nada. Y mi madre conmigo claro. Sin ver a su hijo de corta edad, porque no dejaban entrar a los niños.

Para no extenderme en cuanto a lo que fue mi paso por dicho hospital, desde los 7 a los 20 años de edad, decir que fue un error en toda regla el haber aceptado el consejo del Dr. Espí. Allí no hicieron otra cosa que experimentar con nosotros (polios). Se aventuraban a realizarnos operaciones sin saber muy bien lo que saldría.

En mi caso, me empeoraron muchísimo.

Yo entré por primera vez en que usaba un bitutor en mi pierna derecha únicamente. No usaba muletas, ni ningún bastón. Y en la primera intervención, no sé que me hicieron, que perdí todo el equilibrio y ya no pude dejar las muletas nunca más. Y no sólo eso. Aún llevando muletas, me soplaban y me caía. Todas las operaciones, yesos, tracciones con 21 kg tirando de mi, etc. no sirvieron para nada. Pero nunca se me pasó por la cabeza hacerles ningún reproche a mis padres por haberme llevado allí y por consentir operación tras operación sin obtener resultados.

en bicicleta ¿porqué no?

Me pasé toda mi infancia y toda mi adolescencia entre operaciones, escayolas y corses.

No tuve ni niñez ni adolescencia. También perdí años de cursos escolares sin poder ir a clase. Sin embargo, cuando recibía el alta y estaba en casa, mi madre buscaba algún profesor que me diera clases en casa e intentar no perder curso tras curso.

Sólo tuve que repetir primero de BUP por coincidir con una operación de columna de mucha envergadura. Me intervinieron tres veces en 45 días. Ello me dejó tremendamente débil. Y ese curso lo perdí. No comía ni dormía. Y me dejó muy tocada. Estuve 9 meses escayolada y venía un profesor a casa nada más recibir el alta en abril. Y a pesar de hacer un esfuerzo enorme, porque no me encontraba en condiciones, ni físicas, ni psiquicas, aprobé el primer curso de BUP, después de tenerlo que repetir por la intervención.

Una vez recuperada de la operación de columna y terminado el BUP, me matricule en segundo grado de FP en la rama administrativa. Como había hecho el bachiller, pasé directamente a segundo de segundo grado. Y en dos años me saque el titulo de Técnico Administrativo.

Trabajé unos años en un astillero de embarcaciones de recreo. Pero este cerró al poco tiempo y entonces empece a preparare oposiciones para la Administración Pública del Estado. Y en ella he permanecido trabajando hasta mi jubilación por invalidez.

Durante este periodo de tiempo que trabajé en la administración del estado, practiqué varios deportes en la federación de deportes adaptados de la Comunidad Valenciana ( FESA ). El horario laboral que tenía era de 8 a 15 horas. Por lo que disponía de tiempo por la tarde para hacer deporte. Así, me inicie en natación, halterofilia y esgrima. Fueron mis años más felices. Alejada de hospitales, intervenciones, escayolas y corsés. 

Salíamos a campeonatos nacionales y lo pasábamos muy bien.

Siempre segura de la mano de mis padres

En el trabajo, también me iba muy bien. Era muy apreciada por mis jefes porque cumplía con mi trabajo y muy bien avenida con todos mis compañeros. Con los que aún mantengo relación a pesar de los años que han pasado.

Pensaba que lo peor de mi vida, había quedado atrás. Y ya no esperaba ninguna otra cosa que me hiciera sufrir.

Sin embargo en 2012 me sobrevino el síndrome postpolio. Fue a raíz de una caída en la que me rompí el brazo y varios dedos de la mano, y permanecí mes y medio con este escayolado. Como caminaba con muletas, al tener un brazo inmovilizado por la escayola, no podía caminar y permanecí durante este periodo de tiempo en una silla de ruedas. Cuando me quitaron la escayola, vi que apenas podía caminar. Pensaba que con rehabilitación y con el tiempo, volvería a estar como antes. Pero pasó todo lo contrario. Iba perdiendo movilidad a marchas forzadas. Y en 2012 y después de varias pruebas, fue el médico del INSS el que inicio el proceso para invalidez absoluta. Me fue concedida a la primera.

Y como no soy persona de permanecer sin hacer nada, y en vista de que muchos compañeros y amigos del deporte adaptado les estaba pasando lo mismo que a mi, decidí  investigar y ver como crear una asociación de personas con polio y con síndrome postpolio en la Comunidad Valenciana.

Así, en 2016 junto con varios amigos, creamos APIPCV. 

En resumen, la polio sí que afectó a gran parte de mi vida. La pasé en hospitales mayormente. 

Primero por mí y después por mis padres. 

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